¿Quién no ha oído contar la vieja historia del cateto que vendía estampitas verdes al precio de veinte duros? Los ojos de la víctima a la que se los ofrecía enseguida se metamorfoseaban en $$$, como los del tío Gilito. Claro que luego venía el tirarse de pelos y rasgar de vestiduras cuando descubría que lo que parecían billetes de mil eran en realidad recortes de periódico.
Mucho ha llovido desde entonces, pero lo cierto es que nuevos timos y fraudes y transposiciones a Internet de otros muy antiguos continúan perpetrándose al amparo de la gran red de redes. Los timadores del fin de milenio ya no se disfrazan de baturros ni llaman a los timbres de puerta
